dilluns, 12 de gener de 2009

Muñeca

Avui un petit conte....

Su vida era así. Se levantaba con una falsa sonrisa cada vez que la luz se asomaba por un falso horizonte no muy lejano y empezaba a bailar dando vueltas como una loca para, finalmente, acostarse cuando el falso manto negro de la noche la obligaba a postrarse. Y así, sin más sentido, un día tras otro.

Aunque rodeada de anillos, brillantes, collares y demás lujosos abalorios nuestra muñeca de joyero estaba sumamente triste. Tenía los pies amarrados como anclas a un pequeño pedestal de madera que Anabel, su dueña, decoraba semanalmente de forma exageradamente barroca con incrustaciones de nácar, coral y otras piedras preciosas.

Muñeca amaba a Anabel con la misma intensidad con la que la odiaba. Anabel, una mujer de unos 70 años bien adinerada, cuidaba y mimaba a Muñeca y su podium con toda su generosidad, pero también era ella quien la privaba de su máximo anhelo: la libertad.

Muñeca recordaba melancólica su pasado cuando aún era un precioso colmillo de un elefante africano y corría feliz por la sabana. ¡Qué olor a tierra! ¡Qué colores! ¡Qué puestas de sol tan maravillosas! ¡Eso sí era un auténtico horizonte! Así se lamentaba Muñeca y acto seguido, sus ojos se llenaban de lágrimas.

Todo lo había pensado, todo lo había probado para poder escapar de tan odioso encadenamiento. Un día cogió un brazalete y, moviéndolo a modo de sierra, intentó separar sus pies del pedestal pero lo único que logró fue hacerse una pequeña herida en la planta del pie. Otro día, en el que Anabel había dejado su joyero abierto al borde del tocador, Muñeca bailó con toda su energía hasta que la caja, movida por la vibración, cayó encima de la alfombra. Esta vez, el premio fue un considerable dolor de cabeza que le duró un par de días. En otra ocasión, buscó la ayuda de Sebastián, el gato persa de Anabel, pero éste, aunque con buena intención, sólo consiguió hacerle algunos arañazos en sus largas y finas piernas.

De esta manera, cuando nuestra amiga ya se dio por vencida aceptando su pésimo destino y tachando de alocada cualquier hazaña, sucedió lo impensable:

Una mañana de primavera, después de que Anabel acabara de colocar una espectacular piedra de ámbar del tamaño de un pulgar en el pedestal, el joyero no resistió más peso. Se oyó un crujido ensordecedor y una enorme grieta se dibujó en el suelo de la caja a la velocidad de un relámpago empezando a tragarse anillos, brillantes, collares y demás lujosos abalorios; incluida a la amiga bailarina y su pedestal que se precipitaron vertiginosamente hacia el suelo.

El forzoso aterrizaje causó un golpe seco y milagroso que despegó en el acto a Muñeca del pedestal. Y así fue como finalmente la bailarina conquistó su libertad. Saltaba rebosante de felicidad con sus dos piernas recién estrenadas y lloraba emocionada y agradecida. Ansiosa, empezaba un nuevo y apasionante camino que quién sabe cuántas nuevas historias le traería. Ahora bien, esto ya es pan para otro cuento...


Sebastián, el gato persa de Anabel